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En Nueva York lanzan el mayor proyecto inmobiliario de la historia de Estados Unidos

En Manhattan se inauguró el nuevo barrio Hudson Yards, con rascacielos, un centro de arte y tiendas de lujo, un modelo de innovación urbanística que enciende la controversia en un Nueva York en plena ebullición inmobiliaria.

Tras siete años de construcción y una inversión de 16.000 millones de dólares, los primeros habitantes del nuevo barrio, construido en un antiguo depósito ferroviario, ya pueden instalarse en lujosos departamentos cuyos precios ascienden hasta más de 30 millones de dólares.

Durante mucho tiempo una tierra de nadie, este barrio, entre la 10ª avenida y la 12ª, y entre las calles 30 y 34, será inaugurado ante turistas y neoyorquinos en un nuevo homenaje a la verticalidad legendaria de la capital financiera estadounidense.

Los seis rascacielos de este proyecto impulsado desde el año 2000 por el exalcalde Michael Bloomberg fueron concebidos por prestigiosos arquitectos. Aunque ninguno bate un récord de altura, destacan por sus logros tecnológicos: el complejo tiene su propio sistema de tratamiento de desechos, su propia central eléctrica para evitar averías, y puertas subterráneas automáticas para proteger equipamientos sensibles frente a episodios de subida de las aguas debido al calentamiento climático.

Más allá de la voluntad de recuperar el espacio en una ciudad de extrema densidad poblacional, el nuevo barrio pretende integrarse totalmente a la ciudad, explica Douglas Woodward, profesor de la escuela de arquitectura de la Universidad de Columbia que participa en el masterplan del proyecto.

Además de torres residenciales y de oficinas, el complejo cuenta con unas 100 tiendas como Dior o Fendi, y 25 restaurantes de reputados chefs como el español José Andrés o Thomas Keller, un centro artístico, The Shed, que será inaugurado en abril, y un amplio espacio arbolado, subraya Woodward.

En otro edificio de Hudson Yards habrá una plataforma de observación a cielo abierto ubicada en el piso 100, conocida como The edge, “el deck de observación al aire libre más alto hecho por el hombre en Occidente”.

Contrariamente al barrio Canary Wharf, alejado del centro de Londres, o La Défense, en el oeste de París, Hudson Yards está a apenas minutos de Times Square. Tiene su propia estación de subte abierta en 2015. También se puede llegar al barrio caminando por la High Line, el paseo colgante construido sobre una antigua vía férrea que en pocos años se ha tornado en una gran atracción de Nueva York.

El promotor del barrio, Stephen Ross, jefe de este proyecto considerado como el más ambicioso en la ciudad desde la construcción del Rockefeller Center en la década de 1930, busca convertir a Hudson Yards en “la mayor atracción turística y en un ícono neoyorquino”.

A pesar de los riesgos inherentes a las grandes sumas invertidas y al hecho de que muchos departamentos están para alquilar, el poderoso promotor inmobiliario de 78 años, que se mudará pronto a un penthouse en el nuevo barrio, parece confiado. “Lo que hicimos aquí es tan único que las personas querrán venir”, indicó en una reciente visita de la obra. “Aquí tenemos un ambiente donde vivir, trabajar, divertirse, todo en pleno centro de la ciudad. ¡Eso no existe en ningún sitio!”

Otros son menos entusiastas. El crítico de arquitectura de la revista New York, Justin Davidson, estimó en febrero que el proyecto era “demasiado limpio”, “demasiado perfecto”, reservado a la elite. Como una reproducción de Nueva York para el cine, de donde se habrían retirado a “residentes excéntricos” y “zonas de fealdad”.

En momentos en que sube la indignación por las reducciones de impuestos otorgadas a grandes empresas que obtienen ganancias como Amazon, muchos denuncian también las ayudas fiscales y los subsidios otorgados al proyecto, estimados en un total monumental de 6000 millones de dólares.

También es muy criticada la “Nave”, una estructura de 15 pisos en el centro del espacio público, que puede subirse por 154 escaleras diferentes tras hacer una reserva gratuita por internet. Durante la presentación del proyecto en 2017, el New York Times la bautizó como “la escalera que no lleva a ningún sitio”. Sin embargo, muchos reconocen que, como ocurre en general con los grandes proyectos arquitectónicos, el veredicto será dado por el uso.

 

Fuente: La Nación

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